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Opinión

(D) olor a gasolina. ¿Por qué nos arde?

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NO ES CULPA DE LA REFORMA ENERGÉTICA QUE HAYA AUMENTADO EL PRECIO DE LA GASOLINA, PERO SERÁ CULPA DEL ALZA EN EL PRECIO DE LA GASOLINA LO QUE PUEDA ECHAR A PERDER LA REFORMA ENERGÉTICA.

Cuando era niña, mi padre solía decir que lo único barato en este país era el dólar y la gasolina. Creo que le tocó un buen momento para morir porque ya en ninguno de los dos casos es así. Al contrario, ambos están que arden y también nuestros ánimos. Explicaciones técnicas y económicas no han faltado, alguna más lúcidas que otras. Sin embargo, incluso los que tanto abogaban por la extinción del precio controlado de la gasolina, ahora se quejan de su alza. ¿Son hipócritas? ¿Se contradicen? Y yo que alguna vez abogué por la importación de gasolinas, de ser comercialmente conveniente, el otro día dije que nuestra dependencia en Estados Unidos podría poner en riesgo nuestra seguridad energética. ¿Hemos enloquecido? Para nada, estamos ardidos. Las razones no faltan:
Nos sentimos engañados. O más bien confirmamos que mentían. No conozco aun sola persona que se haya tragado el cuento de que, a partir de dos años de la aprobación de la reforma energética, los precios de sus bienes y servicios, bajarían. Sin embargo, es muy diferente el escepticismo inicial a que la realidad te asalte de frente. Algunos no creían en esta promesa porque para muchos mexicanos, lo que salga de la boca del gobierno, son mentiras. En mi caso, no me parecía factible, no porque el gobierno fuera naturalmente mentiroso, sino porque un mercado, ni la competencia que baja los precios, podría estar lista en un santiamén. Nunca entendí por qué el gobierno prometía en vano. Como soy “creyente” en la Reforma, he temido que sus propios creadores la echaran a perder. Nunca he estado convencida de que partido alguno en este país sostenga una ideología que favorezca los mercados, donde los consumidores, y no los cuates, deben ser los beneficiarios.
Nos sentimos vulnerables. Alguna vez fui a una mesa de diálogo en Australia en la que tuve la suerte de preguntarle a un alto funcionario su gobierno qué deberíamos hacer con nuestra industria de la refinación quien, ante mi pregunta, se mostró amable pero extrañado. ¿Qué hacer con ella? Para él la respuesta era muy sencilla. Australia, que no tiene petróleo pero reservas importantes de gas, importa refinados de los países asiáticos circunvecinos. ¿Por qué? Porque prefieren no pagar el costo ambiental y social de las refinerías que suelen ser monstruosas, contaminantes y caras. Y allí los rancheros se resisten categóricamente a cargar con esos costos. También he oído lo contrario: hace algunos años conversé con una abogada petrolera que es oriunda vive en Deer Park , que no es el parque de los venados, sino el sitio donde Pemex tiene su refinería en sociedad con Shell. Según ella, su pueblo, que para algunos apesta a azufre, tiene un aroma exquisito. “Smells like money” (huele a dinero) me dijo orgullosa de la industria que ha mantenido a ella y a muchas generaciones. Nosotros no podemos decir lo mismo. Cadereyta, Salamanca, Tula y sus hermanas huelen a caño, a putrefacción de un sistema de desidia, compadrazgo, sindicalismo, falta de visión a largo plazo. Cuando mi padre me decía que la gasolina era barata, y se complacía con ello, estoy segura de que no veía que sus hijos, nietos y bisnietos la pagarían muy cara por tener contentas a esas generaciones. ¿Y ahora? ¿Qué haremos? Importar sale caro y el nuevo habitante de la “otra” Casa Blanca nos quiere menos que el nuestro. Así como Putin le hizo manita de puerco a sus países adquirentes de gas, El Rico MacPato podría ensayar algo parecido con nosotros. Si nos cierran la llave, aunque sea como medida de presión, podríamos tener una crisis energética que, por empatía, nos hermane con gobiernos tan o más simpáticos como el de Nicolás Maduro. Naranja en el Norte, Morena en el Sur. Saquen las palomitas que la división del continente americano será un espectáculo taquillerísimo, digno de verse.
Nos sentimos insultados. Hay frases y palabras más populares y otras menos que molestan. Un término que invariablemente me crispa es el llamado “gasolinazo”, que le sienta mejor a un encabezado de “¡Alarma!” que de cualquier medio serio. Pero todos lo usan. Durante el sexenio de Felipe Calderón, cuando había incrementos graduales en el precio, para remover el subsidio, los medios trompeteaban “gasolinazos”. Ese apelativo nunca me pareció justo pues de lo que se trataba era de ajustar el precio del litro de gasolina al mercado y remover un subsidio que, según los que se quejan ahora del alza, favorecía solo a los más ricos. Lo que es insultante es que el gobierno diga que esta alza se atribuye únicamente al aumento del barril y a la depreciación del peso frente al dólar americano. ¿Por qué no seguimos las tendencias del mercado cuando el barril de mezcla mexicana estuvo por debajo de los 2º dólares? Las incongruencias son insultantes. Más insultante que la palabreja “gasolinazo” es la frase predilecta del gobierno ante esta crisis: “La Reforma Energética Empodera al Usuario”. Número uno: es de pochos el verbo empoderar, lo cual es una molestia por demás exquisita e intrascendente; dos: es mentira, pues estamos en una fase en la que Pemex sigue siendo dominante en la importación y comercialización de gasolinas; tres: es inexplicable cómo la pauperización de los que menos tienen es una concesión de poder.
Nos sentimos perplejos: el costo político de esta alza podría ser altísimo para el gobierno de Peña no es el único responsable pues está cargando con la metástasis cancerosa de nuestra política de refinación (ya mejor llamémosla “rechinación”). El PRI siempre se ha tardado hasta el último segundo de su gobierno para darnos con la guadaña. Pero, ahora, lo hace 18 meses antes de las elecciones. ¿Desesperación? ¿Esperanza de que se disipe el golpe? Pero han anunciado más incrementos en los próximos meses. Si es así, no se disipará el malestar sino que podría, incluso, estallar. Entre las llamas, la nave zozobrará y serán las ratas las primeras en saltar del barco. Y lo más penoso es que no es culpa de la Reforma Energética que haya aumentado el precio de la gasolina. Será culpa del alza en el precio de la gasolina lo que pueda echar a perder la Reforma Energética.

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SOBRE EL AUTOR:

Notas del inframundo

Es criatura del inframundo, donde escribe libros y artículos sobre el sector energético, y además es consultora de empresas energéticas chicas, medianas y gigantes, públicas y privadas. De igual forma es académica asociada del Centro México del James Baker III de Rice University, y profesora externa del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). El tiempo que le queda libre, si le es posible, anda con sus perras y a caballo.

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