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Opinión

Inversiones limpias para una política de transición energética moderna

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México y Alemania pueden beneficiarse de la transición energética global.

Esta semana se reúnen en Ciudad de México los ministros responsables del sector energético de un gran número de países, jefes de organizaciones internacionales y representantes de compañías energéticas grandes y medianas. El objetivo de los eventos de DEMEX es debatir sobre el futuro del abastecimiento energético. Actualmente, la mayor parte de los Estados del mundo se encuentra en un proceso de reforma del suministro eléctrico con el objetivo de mejorar la eficiencia energética y ampliar las fuentes eólicas y solares de energía renovable. Hace apenas unas semanas que los Jefes de Estado y de Gobierno de los 20 principales países industrializados y emergentes (G20) acordaron en Hamburgo (Alemania) que trabajarán de forma conjunta para establecer a largo plazo unos sistemas energéticos sin emisiones de CO2. México y Alemania son dos países que lideran este movimiento.

Abordar los retos a los que se enfrentan los sistemas de abastecimiento energético como consecuencia del Acuerdo de París sobre el cambio climático requiere gran atención y una actuación amplia y decidida. Resulta positivo saber que casi todos los países del mundo asumen el reto y se comprometen para conducir al éxito este Acuerdo de París.

En el ámbito de la política energética, las resoluciones de París significan que la comunidad internacional dispone de un margen de maniobra de menos de 1.000 Gton. de CO2. En caso de que nuestra combustión de petróleo, carbón y gas natural libere más de 1.000 Gton., nos esperan las consecuencias de un cambio climático debido a un calentamiento global superior a los 2°C. De continuar como hasta ahora, el punto de no retorno se alcanzará en 30 años a más tardar. El acuerdo establecido a nivel internacional en París debe servir para reducir las emisiones anuales a nivel global prolongar así el período de tiempo en el que se emitirá una cantidad limitada de CO2 y poder reducir las emisiones de gases de efecto a invernadero hasta alcanzar un balance cero en el transcurso de unos pocos decenios.

La dimensión de este reto se hace palpable si nos centramos en qué cantidades de petróleo, carbón y gas natural todavía alberga la tierra. Si explotáramos la totalidad de las reservas conocidas y estimadas para generar energía, las emisiones globales alcanzarían la cifra de 15.000 Gton. de CO2. Limitar el calentamiento global a 2°C significa que, de esas 15.000 Gton. CO2 en forma de petróleo, carbón y gas natural, ¡debemos prescindir de 14.000 Gton. como mínimo!

Nuestro problema no es la escasez de recursos fósiles. En realidad, carecemos de una estrategia para abandonar el petróleo, el carbón y el gas natural como fuentes primarias de energía. La eficiencia energética y las energías renovables son una parte imprescindible de esa respuesta al cambio climático, pero no responden a la pregunta de por qué la economía debe renunciar a la explotación, la comercialización y el uso de los combustibles fósiles. El avance de la eficiencia energética y de las energías renovables incluso pueden intensificar el problema. El exceso de oferta de fuentes fósiles se traduce en unos precios a la baja, que convierten el uso de los fósiles en algo todavía más atractivo. La tentación está ahí. El sector de las energías fósiles promete beneficios, puestos de trabajo y precios bajos.

El Acuerdo de París es una promesa para con las generaciones de nuestros hijos y nietos: “No los expondremos al peligro del cambio climático.” Si queremos cumplir la promesa, es ineludible caminar hacia una “economía baja en carbono”. Nuestra producción y nuestro consumo deben alcanzar la neutralidad de CO2. Los Estados del G20 acaban de acordar un ambicioso “Plan de acción en materia de clima y energía para el crecimiento” para aplicar el Acuerdo de París y la transición energética a nivel global. ¿Quiénes sino las naciones industrializadas y emergentes que lideran la tecnologización y la innovación pueden marcar el rumbo y aceptar estos retos?

En el proceso del G20, Alemania y México han sido importantes aliados: nuestros países se enfrentan a los retos de la transformación de su sector energético. Ambos países han reconocido que estos retos son una oportunidad para poder modernizar  nuestras economías. Dichos retos se debaten de forma muy amplia y diversa en el marco de la Alianza Energética entre México y Alemania creada de forma conjunta el año pasado.

En Alemania ya hemos iniciado el viaje de la transición energética. Existe unanimidad entre los partidos representados en el Parlamento Federal de Alemania: queremos reducir los gases de efecto invernadero entre un 80 y 95 por ciento respecto al año 1990. Como objetivos parciales, el Gobierno y el Parlamento alemanes han acordado una reducción del 40 por ciento hasta el año 2020, del 55 por ciento hasta el año 2030 y del 70 por ciento hasta el año 2040. Las últimas centrales nucleares se desconectarán definitivamente de la red eléctrica en 2022. La energía nuclear y la fósil proveniente del petróleo, el carbón y el gas natural se sustituirán mediante la inversión en tecnologías eficientes y energías renovables. Ahí será la digitalización la que cobrará una importancia clave. En resumen, también podemos decir que sustituiremos las tres fuentes de energía fósil por inteligencia e inversión en energías limpias y sostenibles hasta el año 2050, a más tardar, generando así un crecimiento de calidad y puestos de trabajo.

Para que esta transformación de los siguientes decenios no sólo signifique una historia de éxito en materia de política energética sino también económica, necesitamos un cambio de paradigma. Se trata, sobre todo, de evitar inversiones equivocadas. Queremos realizar la transición hasta el año 2050, así que nos quedan tres decenios y medio. Invertir en estructuras fósiles con una vida útil que vaya más allá de 2050 significará generar “activos bloqueados” en las empresas implicadas, que en un futuro supondrán tener que realizar medidas de reparación muy costosas. Una política de modernización con visión de futuro que evite los mencionados efectos de bloqueo, la destrucción de capital y la pérdida de puestos de trabajo debe contar hoy con las bases adecuadas. Por eso deberíamos declarar la eficiencia y las energías renovables como la nueva regla general de inversión. Las inversiones en energías fósiles deben convertirse en una excepción. Es decir, sólo deberíamos realizar estas últimas inversiones en casos en los que todavía nos falten tecnologías alternativas o éstas aún sean desproporcionadamente costosas. Cambiar de paradigma significa: invertir la relación entre la regla y la excepción.

¿Qué supone esta nueva regla general de inversión en el ámbito de la eficiencia y las energías renovables para los distintos sectores? Empecemos por la generación de electricidad, que es responsable, y por mucho, de la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. La generación de electricidad juega un papel central, ya que una economía baja en carbono vendrá de la mano de un aumento del consumo eléctrico en otros sectores. En un futuro, seguramente nos desplazaremos en automóviles eléctricos y cubriremos la reducida necesidad de calentar unos edificios altamente eficientes también con electricidad. Se trata de una buena noticia para los productores eléctricos: el mercado crece a pesar de las medidas para incrementar la eficiencia energética. Crece tanto cuantitativa como cualitativamente por la revolución digital que llevará las aplicaciones y las redes a los hogares y a las fábricas.  

Todo ello solamente cobra sentido con una electricidad generada por fuentes renovables libres de emisiones de CO2. Igual que en México, en Alemania las tecnologías clave son las relacionadas con las energías solar y eólica. Debe seguir habiendo inversión en estas tecnologías. Las centrales de combustión fósil de nueva construcción tienen una vida útil de 40 años o más. Por tanto, el cambio de rumbo debe realizarse con urgencia si queremos evitar inversiones equivocadas más allá del año 2050, así como efectos de bloqueo de activos. Por eso deberíamos renunciar a nuevas centrales eléctricas de combustión de carbón. Las centrales eléctricas de gas natural, con unas emisiones de CO2 relativamente bajas, conforman una excepción porque las necesitamos para la seguridad del suministro, al ser centrales regulables. Sin embargo, el gas natural combustible deberá sustituirse durante los siguientes decenios por gas libre de CO2 y proveniente de una producción renovable. En un futuro, Alemania no contará con energía nuclear. Las centrales nucleares son de las más costosas, más que todas las plantas eléctricas renovables, y su tiempo de construcción se ha convertido en algo incalculable.

De todas las inversiones relevantes para la emisión de gases de efecto invernadero, los edificios son las que cuentan con una mayor duración. En este sentido, deberíamos definir una norma de eficiencia para todos los edificios de obra nueva que, junto al uso directo de energías y electricidad renovables, lleven a una emisión cero de dióxido de carbono. Hoy en día ya disponemos de las tecnologías necesarias, que ya son de un costo razonable, así que esta norma ya puede aplicarse contando con un plazo de unos pocos años. Los retos en los edificios existentes son bastante mayores. Se trata de edificaciones con sistemas de calefacción de gas o de gasóleo y un aislamiento térmico bastante limitado. A corto plazo, la sustitución de calderas por otras más eficientes puede evitar emisiones CO2 en una proporción significativa. Sin embargo, también necesitamos una hoja de ruta para los edificios existentes que nos indique cuándo deberemos prescindir totalmente de inversiones en calefacciones de gas y gasóleo. Los sistemas de calefacción tienen una vida útil de 20 años. Por ello, a más tardar a partir de 2030, no se deberían realizar inversiones en sistemas de calefacción por combustión fósil para poder cumplir con la transición hasta el año 2050. El objetivo se alcanzará de manera eficiente en costos combinándola con el pertinente aislamiento de la estructura externa de los edificios.

Quizá el mayor reto recaiga sobre el sector de la movilidad. El transporte ferroviario ya está electrificado en su mayor parte. Sin embargo, el transporte de bienes y de personas por carretera, mar y aire depende casi al 100 por cien de los combustibles fósiles. La electromovilidad ofrece una oportunidad para conseguir la transición energética en el ámbito de los vehículos particulares. Los vehículos tienen una media de 20 años de vida útil. Si no queremos seguir moviéndonos con gasolina y diésel, el cambio de la motorización fósil hacia una motorización con energías renovables debe darse hasta el año 2030. Para entonces, las emisiones de los vehículos de primera matriculación deberán ser iguales a cero. Necesitamos una hoja de ruta en la que el Estado y la industria automovilística plasmen una ambiciosa estrategia de inversión para el sector de la movilidad.

La propuesta del cambio de paradigma en la transición energética global que se presenta aquí no es aplicable en todos los ámbitos. Las emisiones relativas a los procesos industriales o las emisiones de metano de la agricultura no se pueden evitar mediante un aumento de la eficiencia y la adopción de energías renovables. Estas emisiones permanecerán si no somos capaces de desarrollar alternativas tecnológicas u otras soluciones. No obstante, la mayor parte de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero se generan principalmente a la hora de quemar petróleo, carbón y gas natural.

Es por ello que una transición energética eficiente en costos debe gestionarse con la mirada puesta en el objetivo de alcanzar una economía baja en carbono hasta mediados de siglo, dividido en ciclos de inversión. Las inversiones en eficiencia y en energías renovables deben convertirse en la regla general y las inversiones en sistemas fósiles en excepciones transitorias con objetivos temporales claramente definidos para su sustitución. Con una política de modernización con esta orientación de futuro evitaremos inversiones equivocadas y efectos de bloqueo de activos. Así podremos convertirnos en la vanguardia del crecimiento y las inversiones. De lo contrario, seguir con la antigua receta de inversiones fósiles conlleva unos riesgos incalculables para nuestras economías nacionales.

Esta transformación vendrá apoyada en gran medida por otros dos factores: Un mercado energético liberalizado con un diseño que apueste por las fuerzas del mercado conlleva una mayor competencia entre empresas. Ello se traduce en nuevos productos y servicios, todo ello a un costo menor en comparación con los mercados monopolísticos. En segundo lugar, el avance de la digitalización permitirá otros modelos de negocio en estos mercados liberalizados, que apoyarán la flexibilización de la oferta y la demanda de forma inteligente. La transición energética que nos aguarda da respuesta a los retos ecológicos, tecnológicos y económicos de nuestros tiempos para crear un sector energético preparado para el futuro.

Como consecuencia de París, surge una competencia entre Estados por establecer la política de modernización más inteligente y rentable. México y Alemania, como miembros de G20, el grupo de los países industrializados y emergentes más importantes, cuentan –gracias a sus mercados liberalizados o en proceso de liberalización y, a consecuencia, con unos precios energéticos más bajos– con una ventaja y una responsabilidad para con todas las generaciones futuras de este mundo. Queremos trabajar de forma conjunta para conservar esa ventaja y cumplir con esa responsabilidad.

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SOBRE EL AUTOR:

Viceministro de Energía de Alemania

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