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Opinión

¿Qué harán cuando pierdan la Presidencia en 2018?

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PEÑA NIETO HA HECHO TODO PARA QUE EL PRI PIERDA LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA. PASARÁ A LA HISTORIA COMO EL PRESIDENTE QUE PRIVATIZÓ EL PETRÓLEO Y LA ELECTRICIDAD. TAMBIÉN SERÁ RECORDADO POR SU DEBILIDAD FRENTE A TRUMP Y POR NO SABER QUÉ HACER EN EL VIAJE A LA DERIVA EN EL QUE EMBARCÓ AL PAÍS.

Con frecuencia los altos funcionarios públicos que viajan a Washington y otros centros de poder en el país vecino son acosados con esa interrogante. La pregunta no es ociosa. El Gobierno de Enrique Peña Nieto se ha ganado la irritación, el encono y el rechazo de los mexicanos. El segundo dato es la belicosidad y agresividad del nuevo presidente de los Estados Unidos, situación inédita que exige respuestas de un gobierno inteligente y firme, nacionalista y con arrestos, características ausentes en los líderes de los dos partidos mayoritarios. La prensa extranjera habla del futuro corrimiento de México hacia posturas radicales, justificas por la actitud anti mexicana de Donald Trump.

La izquierda ganará la elección presidencial del próximo año. Las políticas públicas darán un vuelco. Caerán los paradigmas. El de la amistad y la gran alianza con los Estados Unidos se cayó solito. Seguirá el colapso del paradigma de la competencia, la ganancia y el individualismo. En adelante se buscarán las soluciones colectivas y la unión del pueblo, no alrededor del tlatoani sino en torno de un nuevo contrato social basado en la equidad, justicia, solidaridad y honestidad. La ciudadanía está hastiada de la explotación laboral y los bajos sueldos, el desempleo y la inseguridad, pero también de tanto egoísmo, corrupción e impunidad, mentiras y cinismo.

El pensamiento y las propuestas de los partidos y corrientes de izquierda poco alientan a los que creyeron y se comprometieron con el modelo de mercado. La reforma energética será suspendida. Si les sirve de consuelo les diré que algunos de sus componentes sobrevivirán. La izquierda no alcanzará la mayoría calificada en el Congreso y no tendrá lo votos necesarios para revertir las mutilaciones y añadidos que empobrecieron a la Carta Magna. Sin embargo sí podrá cambiar la legislación secundaria, donde hay mucha tela de donde cortar. No se descartan nuevas leyes hábilmente redactada para superar cualquier controversia constitucional en materia de inversión extranjera, hidrocarburos, electricidad, minería, órganos reguladores y empresas del Estado.

El Ejecutivo federal cerrará la pinza: la adecuada interpretación y aplicación de la ley traerá devuelta al Estado y se detendrá la privatización. Todo lo que el gobierno peñista hizo al margen de la Ley –su propia Ley–, será revertido, como la Ronda Cero y no pocos aspectos de la Ronda Uno. Aquellos que piensen que están cubierto porque sus contratos parecen brindarles suficiente certeza jurídica podrían estar equivocados, sobre todo con un gobierno que observe y razone diferente, ya no digamos que se muestre menos protector, dadivoso y servicial como el que ya se va. Además, el estilo personal de gobernar también cuenta.

Con la izquierda en el poder la apertura y liberalización del comercio y la inversión seguirá en el papel pero se atascarán en terreno escabroso y accidentado; la derecha empujará pero el carro no se moverá. Lo que se dio se dio y basta. Ya no habrá más regalos. Que se den por bien servidos. Se aceptará la inversión privada pero en condiciones muy distintas. Eso explica por qué Peña anda a las carreras privatizando todo en condiciones desventajosas para el país. Con cara de angustia ve correr el tiempo. Le preocupa que se acabe su gobierno sin haber conseguido la omnipresencia del mercado y la expansión privada, que no acaba de cuajar a pesar de las garantías, protecciones y salvaguardas que generosamente le ha otorgado. De cara a la inminente llegada de la izquierda Peña se planta con una política de hechos consumados creyendo que la izquierda no tendrá otra alternativa que asumir los resultados del impúdico festín. Se equivoca. La izquierda no perdona, ni acepta el borrón y cuenta nueva. No habrá cacería de brujas pero las transiciones tienen víctimas.

La izquierda viene con todo. Lo primero será regresarle a la energía su carácter estratégico. El Estado será de nueva cuenta el garante de la seguridad energética. La inversión pública será el motor de la modernización y expansión de los sistemas de suministro. Las empresas públicas serán revalorizadas, se les devolverá el papel protagónico y se limpiarán de corruptos, voraces y malvados. El mercado y la inversión privada jugarán un papel meramente complementario. Se dará marcha atrás a la integración energética dependiente y subordinada con los Estados Unidos. Se buscará la seguridad energética en el marco de nuestras fronteras. Se fincará el progreso en el desarrollo de nuestras propias capacidades técnicas y científicas, económicas y sociales, humanas y culturales.

Habrá un nuevo pacto social alrededor del petróleo y sus rentas económicas. Se suspenderá la entrega de campos y áreas de interés petrolero; ya no se firmarán nuevas licencias ni contratos de producción compartida. No se cancelarán las concesiones otorgadas –sería demasiado costoso para el país enfrentar a las potencias y litigar en los tribunales internacionales– pero se pondrá pesado para que los contratistas regresen voluntariamente los bienes de la nación. Se mantendrá la asociación de Pemex con BHP Billiton en aguas profundas, pero se suspenderán los farmouts. Los contratos integrales, los de obra pública financiada y todos aquellos en los que el Estado ha cedido la operación serán revisados, renegociados o rescindidos. Sólo se aceptarán los contratos de servicio puros.

Las actividades de exploración y producción seguirán adelante pero únicamente a través de asignaciones a Pemex. El régimen fiscal será modificado para que no le falten recursos a la empresa pública. El fisco compensará el faltante eliminando la evasión y la elusión fiscal, sin olvidar que los ricos pagarán más impuestos y financiarán la reconstrucción nacional. Los de abajo ya dieron suficientes ahora les toca recibir.

El país se apartará de la senda extractivista. Atrás quedarán los planes de producir cuatro millones de barriles por día: se extraerán los hidrocarburos que hagan falta para la autosuficiencia en el marco de una política conservacionista del patrimonio y de compromiso con la lucha contra el cambio climático y el calentamiento global. Las técnicas de recuperación mejorada y asistida se aplicarán sistemáticamente para maximizar la recuperación de los hidrocarburos in situ. Se pondrá fin a la quema de gas en los campos de producción. Los combustibles fósiles dejarán de ser considerados “energías limpias” y se hará un esfuerzo de sobriedad, eficiencia y transición hacia las fuentes renovables de energía para reducir la huella de carbono.

La Comisión Nacional de Hidrocarburos y la Comisión Reguladora de Energía sobrevivirán por su asidero constitucional y la necesidad de regular licencias, contratos, permisos y autorizaciones que seguirán vigentes después del primer trillado. Sin embargo dejarán de ser instrumentos del mercado, serán vaciadas de sus comisionados y tendrán un nuevo mandato dentro de la Secretaría de Energía. Las empresas públicas serán públicas no imitaciones de empresas privadas. Los consejeros independientes serán reemplazados por comisiones ciudadanas de transparencia y rendición de cuentas.

Se quitarán de la ley las facultades y protecciones de las que gozan las empresas energéticas para usar y ocupar los terrenos a costa de la vida productiva, social y cultural de las comunidades, los ejidos, los pueblos originarios y los pequeños propietarios. Se respetarán los derechos humanos sin rebajas ni regateos. Habrá tolerancia cero a conductas abusivas o discriminatorias. El pago a los titulares de la tierra será justo y regulado por el Estado. Será obligatoria la consulta previa, libre e informada a todos los afectados y se respetará la decisión mayoritaria. Las empresas no tendrán derecho a contaminar.

Los productores privados de petróleo y gas natural tendrán la obligación de abastecer el mercado interno a precios por debajo del mercado internacional. Pemex dejará de estar sometido a una regulación asimétrica que lo margina. La gasolina, el diésel, el gas LP y el resto de petrolíferos y petroquímicos serán producidos localmente y vendidos con base en los precios de producción y una carga tributaria que tome en cuenta las condiciones sociales del país, los salario y la amplitud de la pobreza. Se echará para atrás el gasolinazo Se construirán refinerías y se podrá fin a las importaciones. Se suspenderán las exportaciones de petróleo crudo y sólo se permitirá la venta de excedentes de refinación (¡como en los EU!). Se acabará el robo de combustibles, la ordeña, el mercado negro y la gasolina bautizada; los litros serán de a litro y los despachadores ya no vivirán de la propina, recibirán salario y prestaciones.

Y así continúa el razonamiento para la electricidad y los demás aspectos de la energía. La cancelación de lo más nefasto de la reforma energética no es una vendetta, un ajuste de cuentas entre partidos, mucho menos una estridencia de una izquierda “arcaica y trasnochada”. Es una necesidad nacional para detener el saqueo del patrimonio y los recursos públicos, pero también para enfrentar al nuevo gobierno de los Estados Unidos. Es urgente que México deje atrás la vulnerabilidad en productos vitales para el desarrollo. Urge recuperar la autosuficiencia. Se necesitan políticas nacionalistas que la derecha no entiende, ni las siente, ni sabe encabezar.

Peña ha hecho todo para que el PRI pierda la Presidencia de la República. El objetivo central de su gobierno fue la Reforma Energética, la madre de todas sus reformas. Lo consiguió y debilitó al país. Pasará a la historia como el Presidente que privatizó el petróleo y la electricidad. También será recordado por su debilidad frente a Donald Trump y por no saber qué hacer en el viaje a la deriva en el que embarcó al país. Aunque pacte regresarle la estafeta al PAN, para que siga gobernando la élite político empresarial que ha devastado al país, la coalición conservadora será rebasada por la izquierda.

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SOBRE EL AUTOR:

Energía y Poder

Es Catedrático de la UNAM. Analista político y energético.

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